Tras el final de la II Guerra Mundial el mundo entró en una nueva hora, pues muchas cosas habían cambiado desde los años treinta. Hiroshima y Nagasaki supusieron una verdadera ruptura: la era atómica se había iniciado. Dos grandes superpotencias emergieron de la guerra—EEUU y la URSS—mientras que la ya vieja Europa se replegaba: en pocos años desaparecerían los imperios coloniales (Reino Unido, Francia), caería el Telón de Acero sobre Centroeuropa y la polarización afectaría a todas las áreas—desde la economía al arte. El Tercer Mundo, un nombre hoy en desuso, empezaba a levantarse y numerosos países conocerían un desarrollo sin precedentes. Por otra parte, el capitalismo cambiaría su rostro y comenzaría su carrera por transformar las sociedades industriales en sociedades de consumo.
Sin embargo, la historia no se crea de la nada y todo lo que se construyó a partir de 1950 hunde sus raíces en el tiempo de entreguerras (si es que, finalmente, no hubo una guerra en dos etapas). El arte no es ajeno a todos estos procesos y en la arquitectura lo podemos ver bien reflejado: sin los cambios económicos y sociales no podría entenderse, por ejemplo, ni el urbanismo ni la arquitectura de Brasilia; pero sin la permanencia de las aportaciones de la década de los treinta sería impensable comprender a Le Corbusier o a la van der Rohe. Dicho con otras palabras: la arquitectura y el diseño, como la sociedad, sufrieron grandes cambios e hicieron frente a tensiones nuevas y diferentes. Sin duda, los artistas buscaron soluciones nuevas, pero provenían de una tradición que no podían ignorar. Se trata, por decirlo así, de un proceso dialéctico entre la fidelidad a la tradición y la necesidad de la innovación (piénsese, por ejemplo, en lo que debió suponer la producción estandarizada no sólo de objetos muebles, sino también de edificios). En esa tensión crecen las obras de las que vamos a hablar en este capítulo.

Silla Barcelona de Mies Van der Rohe.
Imagen de Vicens en Wikipedia. Lic. CC
El funcionalismo
Durante el siglo XX se van a producir una serie de cambios en la arquitectura, pero sin que pueda encontrarse un rumbo fijo; tenemos una multiplicidad de estilos que a veces tienen características comunes, pero en ocasiones son muy dispares.
El funcionalismo es una corriente, pero que no aparece unificada, sino que se ramifica. Podríamos decir que el lema de la nueva arquitectura es la forma sigue a la función; por eso puede decirse que el principio unificador es la función, es decir, las obras deben estar al servicio de aquello que constituye su finalidad; la belleza estará entonces en la forma que se corresponda con la función. Sin duda, el racionalismo está en la base de este modo de entender la arquitectura.
Sin duda, las condiciones económico-sociales de principios del siglo XX contribuyen a explicar el auge del funcionalismo, pues se produce un cruce entre los intereses de los arquitectos (ingenieros, artistas) y el de los industriales. Se dejan atrás los principios del art-noveau para centrarse en la función, porque se entiende que la comodidad (habitabilidad, bienestar) es la verdadera fuente de la belleza. Aquí los ornamentos sobran, salvo que contribuyan a la función, aunque Adolf Loos rechazaría incluso esto, porque la simplicidad debe ser una máxima irrenunciable.
La Deutscher Werkbund (una asociación de arquitectos, artistas en industriales) es sin duda un antecedente de la Bauhaus (Walter Gropius, urbanista y arquitecto alemán) y anticipó en buena medida los principios que nosotros encontramos en el funcionalismo.
Las características
Lógicamente, la época y sus innovaciones nos ayuda a comprender en buena medida el funcionalismo, pues sin los nuevos materiales, que irrumpieron en la arquitectura del siglo XIX (metal, cristal y, además en el siglo XX, el hormigón armado) no podrían haberse llevado a la práctica las ideas de los arquitectos que agrupamos en el nombre de «funcionalistas». De hecho, las cubiertas—ahora más ligeras y con apoyos cada vez menores—no serían pensables sin estos nuevos materiales, como tampoco el ascenso vertical (rascacielos) podría ser llevado a término sin ellos.
Materiales de una vivienda.
Imagen de Marcelahernandezmoreira en Wikipedia. Licencia, Creative Commons
Las ideas que convenimos en llamar funcionalismo tienden a la simplicidad de las formas, porque parecen adaptarse mejor a la función. Así, las líneas rectas, los ángulos que formen éstas y las superficies simples (lisas) adquirirán protagonismo. Con el tiempo, cuando las nuevas mediaciones técnicas invadan el trabajo arquitectónico, algunos arquitectos se darán cuenta de que estas ideas son cartesianas: ideas claras y distintas, que se expresan mediante el lenguaje matemático y binario (ordenadores).
Como corolario de esta apuesta por la simplicidad tenemos una vuelta a las formas elementales de la geometría: cubo, esfera…, que se combinan en virtud de la función que se pretenda en las edificaciones. Evidentemente, la eliminación de todo lo que sea ornamento se deduce de las dos características anteriores de manera que menos es más. Esto hará que el edificio «se invierta»: el núcleo central—lo que se puede llamar estructura—será cada vez más importantes y los demás elementos (desde las paredes hasta los ascensores) quedarán de alguna manera colgados de esa estructura; de este modo, podría decirse que ahora se empieza la casa por el tejado.
Sin embargo, el funcionalismo es algo más, pues no sería pensable sin tener en cuenta no sólo la creciente industrialización de las sociedades occidentales, sino también el protagonismo que fue adquiriendo la clase obrera: debían hacerse edificios pensando primero en las necesidades de quienes los debían habitar. Esto llevó, al menos parcialmente, a abaratar los costes de la construcción (fabricación en serie; por ejemplo, de las paredes y ventanas) y a la supresión de los elementos decorativos, propios de un arte «burgués» (el modernismo, el art decó). Esto se expresa adecuadamente en la muy citada frase de Le Corbusier: «La casa es una máquina de habitar» haciendo referencia al principio del abaratamiento de la construcción y a su producción industrial.
Mies Van der Rohe y Le Corbusier
La Bauhaus, en Alemania, supuso una revolución, pues fue quizás el primer movimiento que intentó unificar el arte con la técnica; es decir, se busca la belleza también en la producción industrial. Walter Gropius hizo del lema la forma sigue a la función—que quizás se debe al arquitecto estadounidense Louis Sullivan—el principio básico de la Bauhaus. Ya hemos dicho, que tiene su antecedente en la Deutscher Werkbund.
Gropius, quizás preocupado por el ascenso nazi, dejó la Bauhaus, que desde 1930 hasta el año de su clausura en 1933 fue dirigida por Mies van der Rohe, que para esa época ya era un arquitecto reconocido (había colaborado con la Werkbund y hecho, entre otras obras, el Pabellón de Alemania en la Exposición de Barcelona de 1929—pabellón para el que diseñó su reconocido sillón—o la famosa Villa Tugendhat, en la República Checa).
Pabellón de Alemania. Mies Van der Rohe (1929). Imagen de H. P. Schaefer en Wikipedia. Lic.CC
Había conocido a Mondrian hacia 1922 (el pintor desempeñaría un papel cuanto menos curioso en la transformación que experimentó la Bauhaus) y también puede apreciarse la influencia de este artista en la forma que van de Rohe tuvo de entender el espacio y la arquitectura.
En 1937 decidió dejar Alemania, debido a las presiones nazis, y se trasladó a Estados Unidos (donde fundará el Instituto de Tecnología—experiencia que duró casi veinte años, desde 1939 a 1956—, en el que asume los principios básicos y prolonga en cierta medida la Bauhaus), país en el que residió el resto de su existencia. Así, pues, los principios que encontramos en Adolf Loos, Walter Gropius, Mondrian y la Bauhaus ejercen una influencia decisiva en la obra de van der Rohe, que es considerado uno de los representantes más destacados del funcionalismo.
Dentro de un racionalismo muy marcado, Mies van del Rohe muestra un gusto exquisito por el cuidado de los materiales.
Mies Van der Rohe. Imagen Wikipedia. Dominio público.
Quizá su característica más evidente sea el amor que siente hacia los espacios abiertos. Sus construcciones buscan siempre el exterior, miran hacia fuera para integrarse con el entorno. Tras unos primeros proyectos en los que el arquitecto de Aquisgrán pone las bases para la construcción de los grandes rascacielos, conoce a los artistas del grupo abstracto De Stijl, entre los que estaba Piotr Mondrian. Sus pinturas le inspiran mucho más de lo que parece, ya que a partir de ese momento, sus construcciones se hacen más accesibles, menos potentes y más cercanas, con paredes limpias y que miran al exterior, con espacios que sobresalen del edificio integrándose en el espacio externo del propio edificio. No son espacios diáfanos, pero sí sin grandes elementos que impidan el fluir de un espacio a otro. Sin duda, los materiales fueron uno de los intereses centrales en la arquitectura de Mies van de Rohe fueron los materiales: acero, vidrio, ladrillo, pero también la piedra y el mármol contribuirán a que los edificios de este arquitecto sean tan personales como identificables.
Los muros cortina (de vidrio) serán característicos de sus grandes edificios, rascacielos; pero también son características las formas—cubos, rectángulos—y la apertura al espacio; podría decirse que las obras arquitectónicas de van der Rohe esculpen el espacio que las rodea, lo hacen visible.


Mies van der Rohe.
Farmsworth House. Mies van der Rohe.
Imagen de Jack Boucher en Wikipedia. Licencia, Public Domain e Imagen de V. Grigas en Wikipedia.. Lic. CC
Sin duda, los materiales fueron uno de los intereses centrales en la arquitectura de Mies van de Rohe fueron los materiales: acero, vidrio, ladrillo, pero también la piedra y el mármol contribuirán a que los edificios de este arquitecto sean tan personales como identificables.
Los muros cortina (de vidrio) serán característicos de sus grandes edificios, rascacielos; pero también son características las formas—cubos, rectángulos—y la apertura al espacio; podría decirse que las obras arquitectónicas de van der Rohe esculpen el espacio que las rodea, lo hacen visible. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en una de sus obras más reconocidas, el edificio Seagram, en Nueva York, cuya forma cúbica nos recuerda a un monolito que señala un espacio diferente; sin duda, como el edificio para IBM de Chicago, es también un símbolo del poder de las grandes corporaciones y su diseño responde a la evolución que el capitalismo sufrió a partir del final de la Segunda Guerra Mundial.
Otro de los nombres más ligados al funcionalismo es el del arquitecto suizo-francés Le Corbusier (1887-1965).
Le Corbusier. Imagen Wikipedia. Dominio público.
Su influencia, o quizás sería mejor decir su impacto, en el mundo de la arquitectura contemporánea ha sido inmenso y, en buena medida, la mayor parte de los movimientos arquitectónicos posteriores son en alguna medida pro-lecorbusieranos o anti-lecorbusieranos; es decir, este arquitecto—como la Bauhaus—marca una línea divisoria en la historia de la arquitectura. Sin duda, el nombre del movimiento racionalista (que a veces no se distingue, como ya advertimos, del funcionalista) está indisolublemente unido al nombre de Le Corbusier.
El manifiesto programático del nuevo movimiento urbanístico será la Carta de Atenas (1933), pero antes el arquitecto suizo había dejado claros los principios de la nueva arquitectura (que recogía el así llamado nuevo espíritu). Se fundamentaba, especialmente, en el uso del hormigón (nuevo material), que permitía liberar el espacio y modelarlo. Como principios apostó por los siguientes:
- El uso de pilares de hormigón armado (pilotes) que serán la sustentación del edificio; esta tipo de sustentación permite que la planta baja sea aprovechable como terreno de paseo tanto para las personas como para los vehículos.
- La terraza jardín, que debe usar cubiertas planas para aprovechar la terraza como zona de esparcimiento y jardín. Le Corbusier gana un espacio más al edificio, convirtiendo los techos en azoteas vivibles como jardines, solariums…
- La planta libre, pues el hormigón permite distribuir el espacio interior de las plantas como se desee, ya que no hay muros de carga. Los diferentes pisos pueden tener plantas distintas, de nuevo gracias a estos pilotes que sirven como elementos de carga
- Las ventanas longitudinales,siguiendo los esquemas iniciados por la Escuela de Chicago, Le Corbusier va un paso más allá: convierte todo el perímetro del edificio en una posible ventana. Esto es posible gracias a que los muros ya no son elementos sustentantes, de modo que pueden vaciarse lo que sea necesario puesto que no hay muros de carga (el muro es sólo cerramiento), pueden aparecer las ventanas longitudinales.
- La fachada libre, porque la fachada no ejerce ya una función estructural y puede disponerse de ella libremente. La fachada ya no está obligada a mantener una forma o un esquema determinado en toda la estructura gracias a la ausencia de los muros de carga, de modo que cada piso puede tener su propia fachada.
El arquitecto suizo plantea algo que, de nuevo, los arquitectos habían abandonado: la medida del hombre. Todo lo que diseña lo hace pensando de la forma más racional posible en la comodidad y la adaptación que el ser humano debe tener a ella. Efectivamente, el edificio es el que se adapta a las necesidades del ser humano y no al contrario (como hemos vuelto a ver con las últimas corrientes).

El Modulor de Le Corbousier. Imagen tomada de arquitectpura.org
Estos principios pueden observarse aplicados—al menos parcialmente—en la contribución que Le Corbusier hizo a la Weissenhofsiendlung hacia 1929 o también en el Palacio de las Naciones de Ginebra, aunque el edificio clásico que recoge los principios es sin duda la Villa Saboya (puede verse también la villa La Roche como un ejemplo de estos principios).
Haus Citrohan, Le Corbusier.
Haus Citrohan, Le Corbusier.
Imagen de Andreas Praefcke en Wikipedia. Licencia, CC BY 3.0
De todos modos es la referida Carta de Atenas el manifiesto por excelencia del urbanismo del siglo XX, que pone de manifiesto los que debían ser los principios de la ciudad del futuro. En un resumen podría decirse que la propuesta se basa en cuatro necesidades: habitabilidad, ocio, comunicación y trabajo.
La ciudad debe ser habitable, es decir, debe cuidarse no solo la zona en la que se levantan las viviendas (insolación, aire, etc., es decir, razones higiénicas), sino que deben contar con espacios verdes y estar alejadas de las zonas con circulación densa. Esto implica también condiciones sobre la densidad de población, pues una densidad alta convierte a la ciudad en inhabitable. Sin embargo, la ciudad es también lugar de trabajo y ocio. Por último, la ciudad es también un lugar de comunicación. Por eso, la planificación urbanística debe tener en cuenta estas cuatro necesidades (habitabilidad, ocio, trabajo y circulación).
En conexión con estas ideas podemos acercarnos a una de las aportaciones más discutidas de Le Corbusier: la vivienda como máquina para habitar. Simplemente el nombre nos pone sobre aviso del contexto, pues las máquinas (y Le Corbusier parecía sentir fascinación por ellas, por su eficacia) invaden la vida contemporánea, y no sólo en el ámbito económico; además, parece evidente que con ese nombre el acento se ha puesto en la función de la vivienda. Parece lógico pensar que no se tienen en mente las viviendas burguesas (como Villa Saboya), sino que más bien se está pensando en las grandes concentraciones de trabajadores de las ciudades (unidades de producción y consumo).
Villa Saboya fue un edificio levantado en Poissy, construido en 1929. En esta pequeña construcción Le Corbusier pone de manifiesto cada uno de esos cinco principios que citábamos anteriormente: la villa se apoya sobre pilotes, lo que genera un gran espacio que abre toda la parte inferior de la construcción. Por otro lado, todo el perímetro de la primera planta aparece rodeado por una gran ventana longitudinal. Del mismo modo, observamos como la planta baja tiene una disposición en planta que nada tiene que ver con el resto del edificio (ni el primer piso ni, por supuesto, la terraza). En la misma línea, la fachada es completamente diferente, ya que hablamos de espacios concebidos de forma diferente. Y, por último, la terraza se concibe como un espacio más dentro de la construcción como jardín y solarium.
Villa Saboya. Le Corbousier. Imagen de M. Lewl en Wikipedia. Lic. CC.
Las viviendas deben ser dignas y funcionales, prácticas y funcionar como espacios en los que los individuos puedan vivir cómodamente. La belleza es aquí, sencillamente, el juego que el arquitecto ha de establecer entre la luz y el volumen. Construidas en serie, las viviendas serán colectivas: unidades de habitación, que deben contar con todos los servicios necesarios. Predominarán las líneas rectas… y así se deberían proyectar los barrios. Por lo tanto, aquí la arquitectura es a la vez urbanismo.
Las casas Citrohän o la Casa Curutchet responden a estos principios, que Le Corbusier llevará a la práctica en numerosas ocasiones.
Le Corbusier. Casa Curuchet.Imagen de DSantiadno9218 en Wikipedia. Lic. CC
El modelo característico es la Unidad de Habitación en Marsella. Esta manera de construir puede verse incluso en el Convento de Santa María de La Tourette. En Marsella, Le Corbusier diseña este edificio en 1947 como un ejemplo de los postulados de sus postulados adaptado a una construcción de carácter social. El arquitecto suizo plantea un edificio de viviendas en la que lo importante vuelve a ser el ser humano. Además, la arquitectura se convierte así en un medio para ordenar el ambiente urbano..
Le Corbusier. Unité d´habitation en Marsella. Imagen de Michel1972 en Wikipedia. Lic. CC
Sin embargo, no es posible reducir a Le Corbusier a unas ideas, pues sus edificios son verdaderas obras de arte, que a veces nos impactan por la belleza nueva que anuncia. Quizás el ejemplo más claro sea la Capilla Notre Dame du Haut en el que el juego entre luz, volúmenes y formas se expresa en un lenguaje arquitectónico nuevo acorde con la sensibilidad espiritual de los hombres del siglo XX. La Iglesia de Notre Dame de Ronchamp fue construida en 1952. Al exterior nos encontramos con formas completamente libres, que rompen el esquema clásico axial. Las formas onduladas se mezclan con el potentísimo techo que funciona a modo de visera. La alternancia de tonos blancos y grises se integran a la perfección con los pequeños vanos. Al interior, estos pequeños vanos generan un espacio de gran recogimiento y religiosidad, al más puro estilo renacentista.
Iglesia de Notre Dame de Ronchamp
Imagen de ABourgoisP en Wikipedia. Lic. CC
En resumen: Mies van der Rohe dirigió la Bauhaus, que intentó unificar el arte con la técnica, desde 1933.
El arquitecto colaboró con la Deustscher Werkbund e hizo Pabellón de Alemania en la Exposición de Barcelona de 1929 y la Villa Tugendhat.
Conoció a Mondrian, quien le influyó mucho en su forma de entender el espació.
Dejó Alemania en 1937 por las presiones nazis y se trasladó a Estados Unidos.
Allí se acerca a su interés por los materiales: acero, vidrio, ladrillo, piedra y mármol y forma sus rasgos fundamentales: cubos, rectángulos, muros cortina, apertura del espacio...
Dos de sus edificios más conocidos son el edificio Seagram y el IBM de Chicago.
Escandinavia. Saarinen y Jacobsen
Eero Saarinen (1910-1961) fue tanto un arquitecto (que durante bastante tiempo permaneció bajo la sombra de Eliel Saarinen, su padre) como diseñador. Los padres de Eero Saarinen se trasladaron a EEUU cuando él tenía apenas trece años y, aunque hablemos de arquitectura nórdica, Eeero Saarinen es un arquitecto estadounidense. De hecho, estudió en la prestigiosa Universidad de Yale y muy pronto colaboró con el estudio de su padre, cuando apenas contaba veintiséis años. Saarinen, como veremos, supo manejar muy bien sus conexiones empresariales y con los medios de comunicación de masas; por esta razón recibió numerosos encargados—desde sedes de grandes empresas a iglesias. Sin embargo, esto no debe entenderse como una crítica, sino como la flexibilidad de un quehacer arquitectónico que, usando el espacio como lenguaje, sabe insertarse en su época sin renunciar a su identidad. Esto se aprecia claramente en la capilla que Saarinen diseñó para el MIT cuyo exterior extrañamente clausurado es capaz, sin embargo, abrirse a una experiencia de luz enormemente bella en su interior en la que el espacio queda transformado precisamente por el peculiar uso de la luz, que realmente crea el espacio.
Los trabajos de Eero Saarinen pueden catalogarse en ocasiones de funcionalistas (así, por ejemplo, el Milwaukee County War Memorial, cuyo diseño muestra una clara preferencia por las líneas rectas y los volúmenes cúbicos) como organicista (por ejemplo, el TWA Flight Center, de 1962, cuya sinuosidad y líneas curvas lo alejan de los modelos funcionalistas). Sin duda, hubo una evolución en el lenguaje arquitectónico de Saarinen que si bien al principio aparece asociado a la tradición europea de las primeras décadas del siglo XX, cambia posteriormente y se acerca a los modelos organicistas. En los comienzos el uso de los materiales revela su conexión nórdica, por llamarla así, pero después de la guerra fue capaz de usar los nuevos materiales adecuados a las nuevas necesidades (como se expresa en su casa desplegable). Quizás podamos hablar de eclecticismo refiriéndonos a su arquitectura o tal vez de la búsqueda, siempre inacabada, de responder a las necesidades de habitabilidad de manera humana (algo que lo haría engrosar las filas de los organicistas).

TWA, Eero Saarinen.
TWA, Eero Saarinen.
Imagen de pheezy - Flickr en Wikipedia. Licencia, CC BY 2.0
Cabe citar por último—y también por ser mundialmente conocido—el Arco Gateway, en San Luis (Misuri), que ha sido calificado en ocasiones como una obra del expresionismo estructural: los materiales son modernos (hormigón, acero), pero la forma es claramente organicista, aunque su desmesura (no sólo por su tamaño, sino también por el uso de acero) lo aleje de la escala humana. Al fin y al cabo, el Arco es un monumento a la política expansiva (imperialista) de los Estados Unidos.
Arne Jacobsen (1902-1971) fue un arquitecto danés que estuvo influenciado por Mies van der Rohe y Le Corbusier. También fue—como buena parte de los arquitectos que adscribimos al racionalismo y al funcionalismo—diseñador (fue famosa su silla hormiga). Sin embargo, en sus comienzos como arquitecto insistía en la propia tradición danesa de la que, creía, debía beber su arquitectura; de ahí el peso que le dio a la naturaleza y la regional propiamente danés. Quizás la casa del futuro responda a esa primera etapa de Jacobsen, aunque en ella podemos apreciar elementos propios de su evolución posterior.
Sin embargo, bajo la influencia de Le Corbusier, van de Rohe y de algunos arquitectos del estilo internacional (fundamentalmente norteamericanos) su estilo arquitectónico adoptó las características del funcionalismo. Dio mucha importancia al concepto de espacio sin límites (o infinito, que parece haber tomado del arquitecto sueco E. G. Asplud y no directamente de Le Corbusier). Parece que la realidad del espacio ha sido decisiva en la arquitectura del siglo XX y Jacobsen tendió a hacer casi intercambiables los espacios interiores y exteriores; así sus edificios pueden caracterizarse—además del predominio de la función y la sencillez compositiva—por aparecer como una yuxtaposición de volúmenes, como puede verse, por ejemplo, en el Royal Hotel de Copenhague (edificio SAS y Royal Hotel) donde los volúmenes no sólo aparecen superpuestos, sino girados adoptando el lenguaje propio del funcionalismo. En el St. Catherine College de Oxford, en el Banco Nacional de Dinamarca o en las Oficionas Hew se pueden ver asimismo esas características que dan a las obras de Jacobsen un sabor internacional propio de funcionalismo a la vez que las hacen fácilmente identificables.

Banco Nacional de Dinamarca, Jacobsen.
Banco Nacional de Dinamarca, Jacobsen.
Imagen de Thue en Wikipedia. Licencia, Dominio público
En reumen:
Eero Saarinen es considerado un arquitecto estadounidense.
Comenzó en el estudio de su padre, pero muy pronto se interesó en su época.
Es considerado funcionalista, también organicista y, al final de su carrera, ecléctico.
Algunas de sus obras son: Milwaukke Country War Memorial y Arco Getawey.
Arne Jacobsen estuvo influenciado por Mies van der Rohe y Le Corbusier.
Le dio un gran peso a la naturaleza en su arquitectura.
Comenzó a adoptar algunas características del funcionalismo y le da importancia al espacio sin límites.
Destacan edificios como: Royal Hotel de Copenhague, St. Catherine College de Oxford y el Banco Nacional de Dinamarca.
El organicismo
Cuando parecía que los recursos y las ideas del racionalismo estaban en su máximo apogeo, resulta que comienzan a aparecer en dos sitios tan distantes como EE. UU y Finlandia, unas ideas arquitectónicas que van a ir más allá de lo que habían ido los grandes “capos” del racionalismo. Le Corbusier, Gropius, incluso Mies Van DerRohe, habían puesto el acento de sus construcciones en la función, en la adaptación de cada edificio a su uso. Se trataba de hacer un edificio que fuera útil para lo que había sido proyectado.
Pero mientras el racionalismo sostenía que la función era más importante que la forma, el organicismo dice que ambas son una única cosa.
A partir de los años 30 y tanto en Norteamérica como en Escandinavia, surgen una serie de arquitectos que plantean la arquitectura como un concepto casi psicológico, tomada, por lo tanto, a la medida del hombre, pero no en relación a su función, sino en tanto en cuanto ésta ha de servir al ser humano, independientemente del uso que se le vaya a dar. El resultado va a ser siempre más libre, más difícil de imitar, más personal, con formas más complicadas y, por lo tanto, más caras.
La lógica constructiva racionalista deja paso a una idea más poética y más relacionada con el espacio natural que rodea a la construcción.
Como reacción al funcionalismo, el valor expresivo de los materiales y las formas comenzaron a acentuarse, algo a lo que contribuyeron no sólo algunos arquitectos como Frank Lloyd Wright, sino también la aparición de algunos materiales como el hormigón, que supusieron una auténtica revolución. Podríamos decir que se exprime a este material mediante las formas parabólicas y las llamadas bóvedas-membranas, de forma que se pretende que la obra se inspire en la naturaleza orgánica, pues esta es la que aporta soluciones más humanas a las estructuras arquitectónicas.
Ayuntamiento de Säynätsalo. Alvar Aalto
Características del organicismo
Park Hill house, F. Lloyd Wright
Park Hill house, F. Lloyd Wright.
Imagen de IvoShandor en Wikipedia. Lic. CC
Quizás el rasgo más característico del organicismo es que en cada país adopta soluciones diferentes, es buscar la armonía entre la arquitectura y el entorno natural proyectando construcciones no invasivas respetuosas del medio, la planta libre y, claro, el rechazo de lo puramente ornamental—como en su predecesor, el racionalismo arquitectónico.
En palabras del propio Frank Lloyd Wright en 1939:
"Y aquí estoy ante ustedes predicando la arquitectura orgánica, declarando que la arquitectura orgánica es el ideal moderno y la enseñanza tan necesaria si queremos ver el conjunto de la vida, y servir ahora al conjunto de la vida, sin anteponer ninguna "tradición" a la gran TRADICIÓN. No exaltando ninguna forma fija sobre nosotros, sea pasada, presente o futura, sino exaltando las sencillas leyes del sentido común —o del super-sentido, si ustedes lo prefieren— que determina la forma por medio de la naturaleza de los materiales, de la naturaleza del propósito... ¿La forma sigue a la función? Sí, pero lo que importa más ahora es que la forma y la función son una."
Museo Guggenheim de Nueva York, Wright.
Museo Guggenheim de Nueva York, Wright.
Imagen de Jean-Christophe BENOIST en Wikipedia. Licencia, CC BY 3.0
Como ya hemos visto la arquitectura orgánica deriva del funcionalismo o racionalismo, es decir, aparece como una reacción al movimiento anterior. Los principales encargados de promover este estilo fueron algunos arquitectos escandinavos como Alvar Aalto, Saarinen y el americano Fran Lloyd Wright.
Las características principales del organicismo son las siguientes:
- las obras tienen relación con el hombre y la naturaleza; pues la arquitectura debe estar a disposición del hombre y de los ambientes.
- las obras intentan estar inspiradas en la naturaleza, en función de las necesidades humanas
- las obras deben ser sostenibles y tener una relación con el entorno que la rodea.
- Se busca una arquitectura adaptable y muy flexible
hecha con materiales que permitan la flexibilidad, como el hormigón.
- Gustan de satisfacer al ser humano y responder a las necesidades sociales y físicas del mismo.
- Se le da bastante importancia a los espacios interiores
Muy importante es que:
1. La arquitectura organicista surge como reacción al funcionalismo.
2. Propugna una armonía entre la arquitectura y el entorno natural.
3. Deben ser edificios sostenibles y flexibles.
4. Utilizan materiales como el hormigón.
5. Sus arquitectos claves son Wright, y Alvar Aalto.
Frank Lloyd Wright. Aalto
Frank Lloyd Wright. Imagen en Wikipedia. Dominio Público
Para un arquitecto americano, la dinámica social, económico y cultural de su país era un auténtico sueño hecho realidad. Riqueza, libertad creativa, ausencia de taras históricas y trabas academicistas…
Frank Lloyd Wright nació en Richland Center (Wisconsin, norte de Estados Unidos) en 1867 y muerto en 1959 (Phoenix). Tuvo, por tanto, una larga vida en la que asistió al ascenso imparable de su país al rango de primera potencia mundial después de las dos guerras mundiales que asolaron el siglo XX. Fue una de las figuras más importantes de la arquitectura entorno a los años 50 y sus obras son claros ejemplos de la integración de la arquitectura en la naturaleza.
Toda una autopista para que un arquitecto genial como el nacido en Wisconsin se convirtiera en el gran referente de la arquitectura orgánica en particular y de la del siglo XX en general.
Partiendo del funcionalismo que aprendió en el estudio del gran arquitecto Sullivan (del que puedes conocer su obra visitando Chicago y ves todo lo que se construyó entre finales del XIX y principios del XX), Wright decide ir más allá y acercarse más al ser humano. Su arquitectura abandona las imposiciones racionalistas para abrirse a una libertad orgánica en la que sus únicas “obligaciones” eran tener en cuenta que la construcción debía encarnar la psicología del que encarga la obra y adaptarse al medio natural en el que se instalaba la construcción. Una de las demostraciones culminantes es la Casa de la Cascada o Residencia Kauffman.
Esta obra se proyectó en 1935 a petición del dueño de unos grandes almacenes en Pittsburgh (Pensilvania). Fue diseñada como casa de campo, es decir, como lugar de esparcimiento fuera de la ciudad. Wright se había hecho famoso en su país, Estados Unidos, por diseñar lo que nosotros llamaríamos segundas residencias en un movimiento—del que fue partícipe e impulsor nuestro arquitecto—conocido como Escuela (o Estilo) de la Pradera (Praire School o Praire Style en inglés) que defendía una arquitectura autónoma en los Estados Unidos más enraizada en el propio paisaje y que rompiera, por tanto, con la tradición arquitectónica importada de Europa. De hecho, a finales del siglo XIX los EE.UU. no tenían un estilo arquitectónico propio (como se puede apreciar en la exposición de Chicago de 1893).
La principal aportación de Wright a este estilo fue conseguir que las estancias interiores estuviesen abiertas unas a otras superando así el concepto anterior de estancias interiores como habitáculos cerrados. La idea de Wright da mucha amplitud y luminosidad al interior de las viviendas. El Estilo de la Pradera se caracteriza, además, por el predominio de las líneas horizontales, que recuerdan a los espacios abiertos del Medio Oeste de Estados Unidos, los tejados a cuatro aguas y grandes aleros que sobresalen de la construcción.
La Casa de la Cascada, como podemos ver, mantiene el criterio de horizontalidad, aunque con alguna ruptura brusca, síntoma de la evolución personal del arquitecto, prescinde de los techos a dos o cuatro aguas y cambia los aleros por terrazas que sobresalen del edificio sin envolverlo asemejándose más bien a voladizos.
Casa de la Cascada, Frank Lloyd Wright.
Casa de la Cascada, Frank Lloyd Wright.
Imagen de Sxenko en Wikipedia.Licencia, CC BY 3.0
La hace en 1937, se sitúa en medio de un bosque y justo encima de una cascada, lo cual complicaba sobre manera el diseño y la ejecución de la obra. Sin embargo, Wright es capaz de integrar a la perfección su edificio en un entorno tan particular como este, en el que los afloramientos rocosos (muchos de ellos se usan como paramentos del edificio), la aparición del agua y del bosque, casi podríamos decir que forman parte de la construcción. Casi todo lo que se ve del exterior es el gigantesco voladizo que se dispone sobre la cascada, de forma ortogonal y con un claro color crema que contrasta con el de la naturaleza que lo rodea. Al interior los espacios son independientes, tanto en cuanto a distribución como a diseño y uso, lo cual le confiere a la obra aún más creatividad y originalidad. Costó un millón de dólares y se levantó entre 1936 y 1939
Fue diseñada como casa de campo, es decir, como lugar de esparcimiento fuera de la ciudad. Wright se había hecho famoso en su país, Estados Unidos, por diseñar lo que nosotros llamaríamos segundas residencias en un movimiento—del que fue partícipe e impulsor nuestro arquitecto—conocido como Escuela (o Estilo) de la Pradera (Praire School o Praire Style en inglés) que defendía una arquitectura autónoma en los Estados Unidos más enraizada en el propio paisaje y que rompiera, por tanto, con la tradición arquitectónica importada de Europa.
De hecho, a finales del siglo XIX los EE.UU. no tenían un estilo arquitectónico propio (como se puede apreciar en la exposición de Chicago de 1893). La principal aportación de Wright a este estilo fue conseguir que las estancias interiores estuviesen abiertas unas a otras superando así el concepto anterior de estancias interiores como habitáculos cerrados.
La idea de Wright da mucha amplitud y luminosidad al interior de las viviendas. El Estilo de la Pradera se caracteriza, además, por el predominio de las líneas horizontales, que recuerdan a los espacios abiertos del Medio Oeste de Estados Unidos, los tejados a cuatro aguas y grandes aleros que sobresalen de la construcción.
La Casa de la Cascada, como podemos ver, mantiene el criterio de horizontalidad, aunque con alguna ruptura brusca, síntoma de la evolución personal del arquitecto, prescinde de los techos a dos o cuatro aguas y cambia los aleros por terrazas que sobresalen del edificio sin envolverlo asemejándose más bien a voladizos.
Vista desde fuera, como el propio Wright deseaba, la obra mantiene una gran armonía con el entorno e inspira serenidad. El arquitecto quería que el sonido de la cascada estuviese siempre presente, pero que la cada no prestase atención a ningún ruido: se oye la cascada igual que se oye la quietud del paisaje.
La integración en el entorno es magnífica y se han tomado los elementos del entorno para conseguir esta integración: las rocas se aprovecharon para llevar a cabo una sólida cimentación; los elementos que dan verticalidad a la casa están construidos con piedra nativa, con pequeños saledizos dando el aspecto de paredes con bajorrelieves. Los elementos horizontales, en cambio, ofrecen un fuerte contraste: se hicieron en hormigón colado in situ (un hormigón que se deposita y permite que endurezca en el sitio donde permanecerá en la estructura terminada).
Los suelos y las paredes se recubrieron de piedra mientras que para los trabajos en madera, que tienen una gran importancia en la casa, se usó nogal.
Interior de la casa de la Cascada. Frank Lloyd Wright
Interior de la casa de la Cascada. Frank Lloyd Wright
Imagen Lykantrop en Wikipedia. ©Fair Use
Vista desde fuera, como el propio Wright deseaba, la obra mantiene una gran armonía con el entorno e inspira serenidad. El arquitecto quería que el sonido de la cascada estuviese siempre presente, pero que la cada no prestase atención a ningún ruido: se oye la cascada igual que se oye la quietud del paisaje.
La integración en el entorno es magnífica y se han tomado los elementos del entorno para conseguir esta integración: las rocas se aprovecharon para llevar a cabo una sólida cimentación; los elementos que dan verticalidad a la casa están construidos con piedra nativa, con pequeños saledizos dando el aspecto de paredes con bajorrelieves.
Los elementos horizontales, en cambio, ofrecen un fuerte contraste: se hicieron en hormigón colado in situ (un hormigón que se deposita y permite que endurezca en el sitio donde permanecerá en la estructura terminada). Los suelos y las paredes se recubrieron de piedra mientras que para los trabajos en madera, que tienen una gran importancia en la casa, se usó nogal.
La planta principal, la más baja, ofrece una vista en tres direcciones, respetando el principio de planta abierta del que hemos hablado anteriormente. Dos terrazas, de marcada horizontalidad, se abren al curso del río, una, mientras que la segunda nos permite acceder a la visión de las rocas y la cascada. En la misma planta una espléndida galería nos hace acceder al bosque.
La segunda planta, donde se encuentran los dormitorios y un estudio, tiene una terraza por cada espacio y, por fin, la tercera planta, tiene una galería dormitorio desde la que se puede acceder a una terraza.
Aunque a lo largo de su trayectoria realizó muchas más casas, como la Casa Charles Ennis o Alice Millard, otra de sus obras más populares es el Museo Guggenheim de Nueva York. Aquí Wright pensó en las largas galerías de exposición que los visitantes debían atravesar dos veces, por eso, diseñó una espiral ascendente a la que se subía en ascensor, para bajar contemplando las obras poco a poco. Incluso inclinó suavemente las paredes del museo pues pensaba que podían verse con una perspectiva mejor y una iluminación adecuada.
La Fundación Solomón Guggenheim era, posiblemente, la mejor coleccionista de lo que se conocía como pintura no objetiva del momento. La cuestión es que el propio Solomon Guggenheim pensaba que se hacía necesario un lugar digno para exponer su maravillosa colección. Y es ahí donde entra la figura de Frank Lloyd Wright, al que se le encarga un edificio que estará situado en el centro neurálgico de Nueva York, justo frente a Central Park.
Nuestro arquitecto diseña un edificio genial cuyas obras se exponen en una única sala que es, en realidad, la rampa helicoidal que va bajando desde el punto más alto del museo. No hay límites, no hay espacios cerrados ni oscuros. Todo es una claridad prístina gracias al color blanco que todo lo inunda, a la inmensa claraboya que se abre a la luz natural en el techo del edificio y al espacio abierto que Wright diseña. Al exterior, el museo se presenta como un cono invertido de líneas blancas y sencillas que seguro que sorprendieron a los primeros viandantes del Nueva York de los años 50.
Aquí Wright pensó en las largas galerías de exposición que los visitantes debían atravesar dos veces, por eso, diseñó una espiral ascendente a la que se subía en ascensor, para bajar contemplando las obras poco a poco. Incluso inclinó suavemente las paredes del museo pues pensaba que podían verse con una perspectiva mejor y una iluminación adecuada. La construcción sufrió numerosos retrasos pero en 1959, cuando Wright murió, la construcción estaba prácticamente terminada.

Imagen de J - C Benoist en Wikipedia. Lic. CC
La construcción sufrió numerosos retrasos pero en 1959, cuando Wright murió, la construcción estaba prácticamente terminada.
Alvar Aalto, como Wright, fue un maestro en al utilización de los materiales: acero, cristal, hormigón… Aalto fue autor de una obra ingente, no sólo edificios, sino también diseño, interiorismo, joyas; de hecho, en el comienzo de su carrera fundó Artek, una empresa especializada en el diseño y el interiorismo.
Aalto nació en Finlandia en 1898 y pasó su infancia rodeado de bosques. Muy rápidamente obtuvo el título de arquitecto y se dedicó a viajar por diferentes lugares. Se instaló en Finlandia y, después de fundar su estudio, realizó el edificio Paimio en el que se manifiesta como seguidor de los principios funcionalistas. En pocos años, y después de realizar numerosos encargos, se instaló en Helsinki: su reputación se acrecienta y le encargaron el Pabellón de Finlandia para la Exposición Internacional de París en 1937. En la década de los 30 realizó otros trabajos como la Villa Mareia, pero con el estallido de la II Guerra Mundial su carrera sufrió un parón.
De su legado en su país destacan dos grandes obras: la biblioteca de Vigorg y la Universidad Pûblica de Helsinki .
Exterior de la Biblioteca de Viipuri. Alvar Aalto Imagen de Ninaraas en Wikipedia. Lic.CC
Biblioteca de Vipuri, Alvar Aalto. Biblioteca de Vipuri, Alvar Aalto. Imagen de Ghirlandajo (talk | contribs) en Wikipedia.Licencia, public domain
En el caso de la biblioteca Pública de Vigorg o Vipurri el arquitecto Aalto genera dos volúmenes rectangulares conectados con una intersección. El primer volumen estaba destinado a la lectura y a los servicios asociados: almacén de libros, guardarropa, sala de lectura y una sala de conferencias y el segundo volumen estaba destinado a cuestiones administrativas. La parte más interesante arquitectónicamente hablando será el volumen de mayor dimensión, en el que observamos una sucesión de secciones escalonadas en la que la de mayor volumen es la sala de lectura. En ella destaca el techo con lucernarios circulares, muy unidos y de grandes dimensiones. De este modo Aalto evitaba las sombras tan incómodas para el lector. Quizá lo más llamativo sea la sala de conferencias, en la que va a diseñar un techo de madera ondulante que permitiría una acústica perfecta.

Sala de la Biblioteca de Viipuri. Aalto
Sala de la Biblioteca de Viipuri. Alvar Aalto
Imagen en Urbipedia.org. © Fair uso por uso educativo
Aalto pone de manifiesto su deseo de complacer siempre al ser humano, poniéndolo en el centro de su creación. Aalto diseña una serie de edificios entre los que destaca el edificio central, concebido a modo de auditorio que recuerda a los anfiteatros romanos, en los que la cávea aparece cubierta por paneles de vidrio. Quizá lo más interesante sea la idea del arquitecto de plantear las aulas en torno a patios centrales, siempre con espacios libres por detrás, abiertos a eventuales obras de expansión. Aalto diseñó no solo los edificios, sino también los accesos de estudiantes y los aparcamientos. Los primeros los plantea en un nivel inferior al de las carreteras, de modo que los estudiantes no tuvieran que atravesarlas. Los segundos, el aparcamiento, se planteó en forma de abanico y en pendiente, de modo que se facilitara la circulación y el estacionamiento. En cualquier caso este último no llegó a construirse.
Exterior del auditorio de la Universidad Politécnica de Helsinki.

Aalto
Exterior del auditorio de la Universidad Politécnica de Helsinki. Aalto
Imagen de J -P Kärna en Wikipedia. Lic. CC
Viajó a Estados Unidos, país que lo dejó impactado y donde proyectó la Baker House, una residencia de estudiantes. Ya en Finlandia se dedica a dirigir la Oficina de Reconstrucción de su país después de la guerra. En estos años destaca por su impresionante ejecución la Casa de la Cultura.
En la década de los cincuenta realiza en París la Maison Carré de una gran distinción artística y unas vistas impresionantes. Realizó un viaje a España en el que sus acompañantes lo llevaron expresamente a ver El Escorial, pues pensaban que el edificio tenía suficiente interés arquitectónico. Alvar Aalto, instalado en una café con sus acompañantes, dio todo el tiempo la espalda a El Escorial, negándose a mirarlo, precisamente porque la construcción escurialense tenía demasiado interés arquitectónico. Continuó trabajando en otros proyectos internacionales y murió en 1976.
Otros arquitectos: Utzon, Niemeyer
Jorn Utzon fue un arquitecto danés muy interesado por el organicismo y por el trabajo de Wright. De hecho, viajó a Estados Unidos para contemplar la obra del arquitecto americano en persona. Utzon desde muy temprano manifestó su interés por el movimiento organicista,algo que se manifiesta en las casas Kingo y Kredensborg, ambas en forma de L y legibles como una versión moderna de algunas construcciones de la Antigüedad. Podemos decir que estas viviendas fueron el modelo del organicismo de Utzon.
Sin duda, la Ópera de Sidney es su trabajo más conocido, aunque fue una obra controvertida pues despierta tanto una admiración exacerbada como el desprecio más extremo y le ocasionó bastantes quebraderos de cabeza. Su estilo aparece aquí de forma diferente si bien continuaba bajo la estela de Wright y Saarinen, había ciertas reminiscencias tanto góticas como expresionistas. Al principio, se entendió como una gran obra de la arquitectura moderna por su atractiva planta, pero poco a poco la construcción se hizo más complicada, y, finalmente, Utzon abandonó el proyecto debido a cambios políticos. El trabajo de Utzon parece tomar en esta obra un camino neoexpresionista. El arquitecto danés vuelve a su país y retoma algunos proyectos que realizó con la ayuda de sus hijos.
Ópera de Sidney, Utzon
Ópera de Sidney, Utzon.
Imagen de Roybb95~commonswiki en Wikipedia. Licencia, CC BY-SA 3.0
Utzon se retiró a Mallorca aunque llegó a aceptar otros encargos, como el Parlamento de Kuwait en 1985 que fue destruido por la Primera Guerra del Golfo pocos años después.
Recibió el Premio Pritzker en 2003 y murió en 2008 de un infarto con 90 años de edad.
Oscar Niemeyer (1902-2012) ha sido uno de los arquitectos más famosos del siglo XX e incluso algunos especialistas hacen de él el paradigma de arquitecto moderno; puede que no sea una exageración. Hay un dato que suele olvidarse cuando hablamos de Niemeyer y es que, a diferencia de los colegas de su misma edad, él provenía de un país claramente subdesarrollado (Tercer Mundo), aunque la evolución política de Brasil llevó a la nación a ser un país en vías de desarrollo y, ya hoy, una de las economías emergentes (aunque en crisis). Este carácter tercermundista se manifiesta en la obra de Niemeyer; pero también se manifiesta el entorno natural del que provenía: no del frío norte (Aalto, por ejemplo) ni la enclaustrada Suiza (Le Corbusier), tampoco de una nación capaz de saquear no sólo su propia naturaleza, sino la del mundo (Wright)… No, Oscar Niemeyer nació en un país tropical, de clima siempre cálido, poco cuadriculado, si se me permite hablar así. Quizás de ahí su amor por las curvas y las formas suaves junto a su rechazo de las líneas rectas y de los ángulos de noventa grados: «No es la línea recta la que me atrae, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la línea libre y sensual. La curva que encuentro en las montañas de mi país en la sinuosidad de sus ríos, en las nubes del cielo y en las olas del mar. De curvas está hecho el universo, el universo curvo de Einstein».
Sin embargo, en una vida tan larga y tan fecunda no todas las obras van a estar marcadas por los mismos principios, porque la arquitectura de Niemeyer—y en esto es fiel a los principios organicistas—es una arquitectura viva y, por lo tanto, cambiante. Si observamos sus primeras obras, apreciamos la influencia directa de Le Corbusier, de quien sin duda es heredero. De hecho, Niemeyer colaboró, aunque en segundo plano, en la proyección de la Sede de las Naciones Unidad en Nueva York. El edificio, basta un vistazo para darse cuenta, cumple los principios racionalistas, a los que Niemeyer no fue inmune (véase el edificio del Congreso Nacional brasileño, en Brasilia); pero no se quedó ahí, pues un material—el cemento—acabará cautivándolo por sus propiedades plásticas. Poco a poco irá surgiendo su amor por la curva (lo que aleja a su arquitectura de la estandarización: no puede ser producida en serie) a la vez que buscará la fusión con la naturaleza (en un sentido casi cósmico: la Catedral de Brasilia recogiendo la energía telúrica y abriéndose majestuosamente hacia el cielo, unas manos abriéndose en oración). Para ello, la libertad de planta será un elemento determinante.
Además, sus edificios vendrán caracterizados por una simetría no estática, sino que se busca el movimiento (fundamentalmente ascendente) para lo cual el ornamento resulta un estorbo: las líneas deben ser simples y claras. Estos principios pueden leerse en la mayor parte de sus obras, aunque con diversa intensidad. Claro que las obras de Brasilia fueron decisivas en totalidad, para su evolución: no sólo la Catedral, también el Complejo Cultural de la República: Museo Nacional Honestino Guimarães. Marcaron un hito tanto en lo arquitectónico como en lo urbanístico. Encontramos obras inspiradas en la naturaleza: puede analizarse con provecho esa flor, una verdadera provocación, que es el Museo de Arte de Niterói.
Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi.
Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi.
Imagen de Phx de. Licencia, BY-SA 2.5
En definitiva, puede decirse que Oscar Niemeyer es uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX y que pertenece a lo que damos en llamar movimiento organicista; pero en arte las etiquetas sólo tienen una utilidad relativa: ¿no es el racionalista Le Corbusier el autor de la maravillosa Capilla de Notre-Dame du Haut con sus líneas curvas? ¿Y no es autor Niemeyer de Biblioteca Nacional Leonel de Moura Brizola?
A modo de resumen:
Jorn Utzon fue un arquitecto danés muy interesado por el organicismo.
La Ópera de Sidneyes su trabajo más conocido.
Acepta otros encargos como el Parlamento de Kuwait en 1985 que fue destruido por la Primera Guerra del Golfo.
Oscar Niemeyer (1902-2012) ha sido uno de los arquitectos más famosos del siglo XX.
Vemos amor por las curvas y las formas suaves junto a su rechazo de las líneas rectas y de los ángulos de noventa grados.
Destacan entre sus obras Catedraly el Complejo Cultural de la República: Museo Nacional Honestino Guimarães.
Comentarios
Publicar un comentario